Modernidad líquida y ética flotante: El nuevo orden mundial

El entorno social donde se cuece el caldo de cultivo que origina la confusión en la identidad del ser humano, es la mutante sociedad de la modernidad líquida, nuevo concepto que sustituye a la ya caduca postmodernidad. Esta filosofía de vida ha dado paso a una nueva cosmovisión global donde ya no solo se transforman las costumbres, las formas o las modas culturales, es algo más profundo y ontológico. Ya no es un cambio del continente,  sino sobre todo del contenido. No se trata de cambiar la actuación externa del ser humano, sino de  transformar la esencia misma de su propia naturaleza. Género e identidad ya no son importantes, solo aspectos circunstanciales. Pero tampoco debemos restar importancia a los cambios externos pues se dan en una auténtica aceleración de vértigo donde todo tiene una fecha de caducidad muy limitada y sólo se busca la inmediatez de lo instantáneo. El sociólogo Zygmunt Bauman, uno de los grandes pensadores de nuestra era, es quien acuñó el concepto de la modernidad líquida. Leamos lo que dice al respecto:

“La sociedad moderna líquida es aquella en que las condiciones de actuación de sus miembros

cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y en unas rutinas determinadas. La liquidez de la vida y la de la sociedad se alimentan y se refuerzan mutuamente. La vida líquida como la sociedad líquida no puede mantener su forma ni su rumbo durante mucho tiempo”  

Se trata de un pensamiento fundado en la trilogía del relativismo, el feminismo radical, y el hedonismo, así como en concepciones profundamente individualistas y autónomas, que desarman el carácter gregario y relacional del ser humano, rechazando la sexualidad natural y estable de la pareja heterosexual, tachándola de represora y limitante. La ideología de género, como la base doctrinal de la modernidad líquida,  quiere establecer la sociedad del hedonismo, pues considera que los seres humanos pueden alcanzar la felicidad en la realización de sus propios deseos, incluidos los sexuales sin límite moral, legal o incluso corporal alguno, utilizando para ello cualquier medio posible, incluido el control de la natalidad, el aborto, y por supuesto la supresión de la diferenciación sexual. 

Consiste en una asexualización o sexualización total de la vida, según se mire. No existen diferencias sexuales por naturaleza heredada, sino solo roles o papeles sociales opcionales en la conducta sexual del individuo, que además están condicionados en su enfoque, al capricho, estado emocional o circunstancial del momento que se vive. 

La nueva modernidad líquida promueve cambios vertiginosos y radicales en la civilización  histórica, facilitando la transición hacia un pensamiento más holístico y universal. Esta perspectiva ultramoderna, favorece el resurgir de una sociedad  cada vez más uniforme, donde el énfasis se pone en diluir la identidad, el género y la sexualidad de la persona, y en la que los rasgos o características diferenciales antes atribuidas a cada sexo, se presentan indistintamente en ambos géneros desdibujando límites y creando una extraña sensación de producción en serie y de identidad flotante o mutante. 

  Dentro de este nuevo “desorden social” sumergido en un proceso de individualización y narcisismo sin precedentes, los conceptos de androginia y pangénero se vuelven sumamente relevantes, ya que cumplen con la reivindicación histórica de igualdad de oportunidades en todos los campos, tanto como para la mujer como para el hombre, generando un rechazo a las
tradicionales y monolíticas identidades prefijadas  de “hombre” o “mujer”. 

Todo este caldo de cultivo dificulta el que las personas tomen conciencia de su identidad, ello genera desorientación, falta de arraigo, falta de propósito y sentido de dirección. No hay ideales, ni fe en el futuro. Es un auténtico ataque a la esencia del ser humano a sus raíces teológicas y antropológicas. De esto se nutre la confusión de género, el vacío, el desarraigo,  y la cultura de la sexualidad líquida con sus múltiples y casi infinitas variantes. Son los frutos amargos y podridos de la falta de asideros morales, éticos y teológicos.

La modernidad líquida es como el ave fénix que renace de sus cenizas. Por eso está de moda promover que los seres humanos no tenemos “ley natural” innata y que la esencia y la verdadera emancipación del ser humano es la libertad para redefinirnos y reinventarnos a nosotros mismos como queramos. Por tanto ya no somos ciudadanos de una urbe organizada donde ocupamos nuestro lugar y respetamos las reglas del juego sin negar nuestras raíces judeo cristianas. Nos pasa como al principio en Génesis cuando Adán y Eva fueron expulsados del jardín del Edén a la tierra de Nod, de su hogar seguro, al territorio vacío y yermo.  En realidad seguimos fuera del Edén, en tierra extraña. Pareciera que el castigo al que fueron sometidos al ser expulsados,  condenara al ser humano a vivir como un nómada contemporáneo en la ambigua y líquida aldea global. El hombre que no busca a Dios, sigue perdido intentando reubicar su identidad en la moderna tierra de Nod, como un peregrino escéptico siempre buscando, siempre cambiando, siempre mutando.

 La civilización moderna ha perdido los rasgos distintivos de la colectividad  social. Ya no somos familia, ni siquiera tribu, ni siquiera ciudadanos de una ciudad o comunidad, solo somos individuos de una individualidad sin fronteras, sin patria ni residencia permanente, en tierra de nadie. Vamos claramente hacia la cultura del vacío, como dijera Salomón hacia la nada, el vaho, la vanidad. Se trata de un viaje a ninguna parte bajo una nueva construcción de la identidad personal, sexual y de género donde todo es subjetivo y circunstancial. Alguien dijo acertadamente que con la ideología de género el hombre moderno se despoja de las exigencias de su propio cuerpo y sus leyes naturales, morales o teológicas. 

El gran peligro que nos acecha con esta falta de valores y ética normativa, es que la familia como institución garante de la civilización, también está bajo el punto de mira de la ideología de género, cuyos pensadores ya hablan de la familia como una institución zombie que camina hacia su propia destrucción. Vivimos tiempos complicados, pero nuestra esperanza no está en la sociedad actual y sus desvaríos, nuestra confianza está en el Dios creador de todas las cosas, creador también de la familia, dueño y Señor de los tiempos y las edades. ¡En Él esperamos!

Juan Varela

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